Un manifestante quema una foto del ayatollah Ali Khamenei durante una manifestación en apoyo de las masivas protestas antigubernamentales en Irán, el 13 de enerUn manifestante quema una foto del ayatollah Ali Khamenei durante una manifestación en apoyo de las masivas protestas antigubernamentales en Irán, el 13 de ener

Por qué un posible ataque contra Irán mantiene al mundo en vilo: redes terroristas, alianzas globales y la amenaza nuclear

2026/01/17 23:17

Irán es hoy uno de los actores más relevantes del sistema internacional por una combinación de geografía, población y capacidad de proyección de poder. Con casi 90 millones de habitantes y una larga tradición imperial, el país logró consolidar una influencia regional y global que excede largamente su peso económico y que llevó a que las recientes amenazas de intervención del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para frenar la brutal represión en las protestas contra el régimen mantengan al mundo en vilo.

Esto se debe, en primer lugar, a un activo natural: su geografía. Irán se ubica en el cruce entre Medio Oriente, Asia Central y el Cáucaso y se asienta sobre el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo que se comercializa en el mundo y una porción similar del gas natural licuado.

“Es el punto de estrangulamiento energético más importante del planeta”, señaló a LA NACION Karim Elgendy, especialista en geopolítica climática de Medio Oriente y director del think tank Carboun Institute, quien además destacó que Teherán puede incidir en los mercados incluso sin cerrar la vía marítima, sino simplemente elevando el nivel de riesgo en la misma.

A ese factor se suma una estrategia de disuasión basada en capacidades militares, misiles y ambigüedad nuclear. A lo largo de los años, el régimen iraní ha tejido una red de alianzas regionales e internacionales que le permiten tener injerencia en la política global mucho más allá de sus fronteras.

“Las sanciones restringen los ingresos, pero no la geografía ni la capacidad de Irán para inyectar volatilidad en el mundo”, sintetizó Elgendy.

El “Eje Anti–Occidental”

China e Irán mantienen una relación estratégica de larga data que combina afinidad política, pragmatismo económico y objetivos geopolíticos convergentes. Pekín se convirtió en el principal sostén externo de Teherán: absorbe cerca del 90% de las exportaciones de crudo iraní y es uno de los pocos grandes actores que continúa comprando petróleo al régimen pese a las restricciones internacionales, según S&P Global. A cambio de un suministro energético clave y relativamente barato, China aporta protección diplomática y proyección internacional.

Otro de los aliados de Irán es Rusia, con quien profundizó su alineamiento estratégico a partir de la guerra en Ucrania y de su creciente aislamiento internacional, una convergencia formalizada con el Tratado de Asociación Estratégica Integral firmado en 2025.

El presidente Ebrahim Raisi, saluda a su homólogo chino Xi Jinping en una ceremonia oficial de bienvenida en Pekín, el martes 14 de febrero de 2023

En los hechos, Teherán se convirtió en proveedor de armamento para Moscú a cambio de alimentos, cooperación militar y respaldo político. Rusia, por su parte, bloquea resoluciones críticas contra Irán en la ONU y se opone a cualquier acción militar en su territorio.

La cooperación más visible entre Rusia e Irán se dio al inicio de la guerra en Ucrania, con la provisión de drones iraníes Shahed, que luego Rusia logró producir de manera doméstica”, indicó Fenton respecto del rol del régimen iraní en el conflicto.

Moscú también empleó misiles balísticos iraníes de corto alcance –como los Fateh–110 y Zolfaghar– para reforzar su capacidad de golpear infraestructura energética y objetivos militares ucranianos. Esta cooperación militar profundizó el eje Moscú–Teherán y consolidó a Irán como un actor indirecto pero decisivo en la guerra europea.

Sin embargo, “hay muy poco que los rusos hayan hecho por Irán más allá de las palabras”, dijo Nicholas Fenton, director asociado del Programa de Europa, Rusia y Eurasia del Center for Strategic and International Studies (CSIS), en diálogo con LA NACION.

Por ende, una respuesta rusa en caso de intervención norteamericana en Teherán -como la que se temió la semana pasada- parece poco probable mientras el Kremlin siga destinando la mayor parte de sus recursos a la invasión de su vecino, explicó el experto.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, estrecha la mano del presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, en Tianjin el 1 de septiembre de 2025

El último eslabón del eje es Corea del Norte, que busca capitalizar la creciente polarización global para ampliar su red de alianzas y romper parcialmente su aislamiento, contexto en el que ve en Irán un socio natural: ambos países están sometidos a duras sanciones internacionales y comparten una postura abiertamente hostil hacia Estados Unidos.

Pyongyang pretende aprovechar el vínculo para vender armas y tecnología militar a Teherán a cambio de beneficios económicos o energéticos, en particular petróleo, uno de los bienes más restringidos para el régimen norcoreano.

La “Media Luna chiita”

El corazón del poder iraní, sin embargo, está en Medio Oriente. A lo largo de las últimas dos décadas, Teherán construyó una red de aliados políticos y de milicias armadas –conocida como la “Media Luna chiita”– que se extiende desde Irán hacia Irak, Siria, Líbano, Yemen y los territorios palestinos. Milicias chiitas iraquíes, el régimen de Bashar al–Assad, Hezbollah y los hutíes funcionan o han funcionado como brazos locales de una estrategia regional más amplia.

El principal de los activos iraníes en el extranjero, o “proxies”, es Hezbollah, la poderosa organización paramilitar libanesa acusada de perpetrar los ataques a la embajada israelí en la Argentina en 1992 y a la AMIA en 1994. Desde hace décadas, Irán financia, entrena y provee armamento al grupo terrorista con la intención de utilizarlo para expandir su influencia, hostigar a adversarios, condicionar gobiernos y mantener múltiples frentes activos sin cruzar umbrales que disparen una guerra abierta con sus rivales.

Algo similar ocurre con las milicias chiitas iraquíes, como la Organización Badr, Kataeb Hezbollah y Asaib Ahl al Haq, profundamente interconectadas con las Fuerzas Quds, el grupo de élite del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. A través de esta alianza, Teherán busca influir en la política interna iraquí –por ejemplo apoyando las llamadas Fuerzas de Movilización Popular contra el Estado Islámico en 2014– y alinear al país vecino con sus propios intereses.

De igual modo, el líder supremo de la República Islámica de Irán, el ayatollah Ali Khamenei, supo encontrar un aliado estratégico en el clan Al–Assad, que gobernó Siria durante décadas con mano de hierro. De hecho, durante la guerra civil siria, Teherán proporcionó durante años apoyo financiero, logístico y militar para evitar el colapso de ese régimen. Sin embargo, con el derrocamiento del líder sirio en 2024 y el ascenso al poder del exlíder jihadista Ahmed al–Sharaa –que se acercó a Estados Unidos–, la influencia iraní en Siria no está asegurada como antes.

Partidarios de Hezbollah en un acto para conmemorar el aniversario del asesinato del líder del grupo, Sayyed Hassan Nasrallah, en Beirut, Líbano, el 25 de septiembre de 2025

Al mismo tiempo, el régimen de Teherán sustenta al grupo terrorista Hamas. Incluso medios como The Wall Street Journal informaron que sin la ayuda de Irán los ataques terroristas del grupo palestino al sur de Israel el 7 de octubre de 2023 no podrían haber ocurrido.

Todos estos aliados de Irán forman parte de la misma rama del Islam que profesa el ayatollah Khamenei, los chiítas, que rivalizan con los sunitas, rama mayoritaria en uno de los dos grandes competidores regionales de Teherán, Arabia Saudita. En torno a este clivaje religioso se articulan las dos alianzas regionales, con Jordania, Egipto y Emiratos Árabes Unidos agrupados frente al bloque iraní.

Combatientes de Hamas aseguran una zona antes de entregar a rehenes israelíes a un equipo de la Cruz Roja en Jan Yunis, Franja de Gaza, el 15 de febrero de 2025

Sin embargo, “la religión no es la principal razón del poder y la influencia de Irán en la región; lo son la estrategia y la seguridad”, señaló a LA NACION Ali Dabaje, Coordinador del programa de Geoestrategia del CSIS.

“Los símbolos chiitas y el lenguaje religioso se movilizan de manera selectiva como herramientas al servicio de un objetivo estratégico más amplio”, agregó el especialista.

Esto explica por qué Teherán también puede mantener fuertes vínculos los hutíes en Yemen, que aunque no comparten su fe, son una de las herramientas más útiles del régimen para desestabilizar los mercados internacionales, afectando la seguridad de las rutas marítimas críticas con sus constantes ataques a embarcaciones.

Israel: una guerra sin fronteras

El conflicto con el otro gran rival regional confirma la lógica iraní de usar a sus aliados no estatales para golpear a sus adversarios. El enfrentamiento entre Teherán y Tel Aviv no tiene por lo general la forma de una guerra convencional –aunque se enfrentaron durante 12 días en junio del año pasado, cuando Israel y Estados Unidos bombardearon las instalaciones nucleares del régimen iraní, y que terminó con una mediación norteamericana– sino de una confrontación indirecta permanente.

Israel ataca regularmente objetivos iraníes en Siria –como su consulado en Damasco, en 2024–, ejecuta operaciones encubiertas y asesinatos selectivos, y despliega ciberataques para frenar el avance de Teherán. Del otro lado, Irán utiliza a Hezbollah, con un arsenal de misiles capaz de alcanzar buena parte del territorio israelí, como principal arma y factor de disuasión contra Israel y posibilita ataques como el de Hamas.

Los servicios de emergencia trabajan en un edificio destruido tras un ataque aéreo en Damasco, Siria, el lunes 1 de abril de 2024

El resultado es un equilibrio delicado: una guerra en la sombra que nunca termina, pero que ambos actores intentan mantener bajo control para evitar un enfrentamiento directo. Sin embargo, la ofensiva israelí en Gaza y su campaña del año pasado contra el grupo libanés podrían haber modificado la situación.

“La relación es hostil, pero era relativamente estable debido al poder disuasivo de las milicias respaldadas por Teherán [como Hamas y Hezbollah], pero ahora, con los activos iraníes debilitados, la situación es inestable y existe la posibilidad de que Israel vuelva a atacar a Irán en cualquier momento”, dijo a LA NACION Ross Harrison, investigador principal del Middle East Institute de Washington.

El factor nuclear y la pulseada con Washington

El programa nuclear iraní es el elemento que concentra mayor preocupación internacional. Irán no posee una bomba nuclear, pero avanzó lo suficiente como para convertirse en un “Estado umbral”, con capacidad de producir un arma en un plazo relativamente corto si así lo decidiera. Esa ambigüedad estratégica funciona como herramienta de presión, disuasión y negociación, y alimenta el temor de Estados Unidos, Europa e Israel a una alteración profunda del equilibrio regional.

Las sanciones, la diplomacia y las operaciones encubiertas lograron retrasar el programa, pero no detenerlo de manera definitiva, y el margen para una salida negociada se fue estrechando.

En ese contexto, Estados Unidos dio un paso más en junio del año pasado al involucrarse de forma directa en el conflicto con un ataque militar contra instalaciones nucleares clave del régimen iraní.

Sin embargo, informes recientes indican que el programa nuclear iraní podría no haber sido retrasado tanto como Washington consideró tras los ataques, y que el gobierno de Khamenei habría logrado conservar la mayor parte de su uranio enriquecido, clave para la elaboración de armas nucleares.

El alcance hasta América Latina

Aunque su foco principal sigue siendo Medio Oriente, Irán ha expandido su presencia a otros escenarios. En América Latina mantiene relaciones políticas con gobiernos como Venezuela y Cuba, además de una presencia histórica en la Triple Frontera, donde confluyen redes políticas, financieras, criminales y de inteligencia.

En la región, Irán aprovecha alianzas con gobiernos afines, redes informales y espacios con débil control estatal para proyectar poder fuera de Medio Oriente. El caso más emblemático es Venezuela. Un informe reciente del Atlantic Council indica que el país caribeño -antes de la captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas norteamericanas el pasado 3 de enero- se convirtió en su principal base de operaciones políticas, económicas y de seguridad en la región.

El expresidente venezolano, Nicolás Maduro, junto a Ebrahim Raisi, entonces presidente de Irán, en el Palacio de Miraflores de Caracas el12 de junio de 2023

La alianza incluye inversiones valuadas en miles de millones de dólares, así como acuerdos que abarcan desde energía y vivienda hasta cooperación financiera de carácter opaco. Más allá de los vínculos oficiales, el estudio destaca el papel del contrabando de oro venezolano a Irán como mecanismo de pago por asistencia técnica en el sector petrolero, un esquema que ha servido también para financiar actividades de organizaciones aliadas a Teherán, en particular Hezbollah.

Sin embargo, Venezuela no es la única pieza del tablero. Cuba ha ofrecido respaldo diplomático e ideológico, funcionando como plataformas de propaganda y legitimación de la presencia iraní, mientras que en la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay persisten preocupaciones sobre redes de financiación y logística vinculadas a Hezbollah que se remontan a décadas atrás.

El expresidente de Bolivia, Evo Morales, junto al exministro de Defensa de Irán, general Ahmad Vahidi, en Santa Cruz, Bolivia, el 31 de mayo de 2011

En países como Bolivia y Colombia, la presencia iraní se percibe de forma más difusa, pero no menos preocupante.

En Bolivia, los acuerdos de cooperación en seguridad y defensa con Irán abrieron canales de intercambio que Washington y sus aliados observan con cautela. El país, rico en recursos estratégicos como el litio, el gas y el uranio, emerge así como un socio clave para Teherán en el acceso a materias primas esenciales para su desarrollo militar y tecnológico.

En Colombia, la atención se centra en posibles vínculos indirectos entre redes instrumentadas desde Venezuela y grupos armados locales o estructuras criminales. En ese marco, se mencionan conexiones con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y con disidencias de las FARC.

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