Pepe Cibrián Campoy repasó su carrera durante una larga charla con LA NACION y además habló sobre uno de sus deseos frustrados y por qué nunca pensó en irse delPepe Cibrián Campoy repasó su carrera durante una larga charla con LA NACION y además habló sobre uno de sus deseos frustrados y por qué nunca pensó en irse del

Pepe Cibrián: por qué se considera el “rey” del musical en la Argentina, los fracasos que vivió y su historia de amor

2026/02/09 22:32
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Pepe Cibrián se define como el “rey” o el “padre” del musical argentino, no desde la soberbia, aclara, sino desde la persistencia: el que empezó a pelear por un género cuando casi nadie creía en él. Tomó la posta de otros pioneros y, a partir del fenómeno Drácula, impulsó la creación de obras y escuelas de comedia musical. Enseñar es parte de su vocación: le interesa transmitir a los jóvenes no solo la técnica, sino también la pasión y la disciplina que exige el teatro.

En 1978 estrenó su primer gran éxito, Aquí no podemos hacerlo. Al principio, la obra no convocó público y sus padres —quienes la producían— estuvieron a punto de bajarla de cartel. Todo cambió con una nota en el diario La Opinión, que despertó la curiosidad del público y terminó llenando la sala durante un año. Este fin de semana, casi medio siglo después, la obra volvió a subir a escena en la cartelera porteña [se presentará todos los sábados a las 20 en el Teatro Regina].

Pepe Cibrián Campoy, en su casa de Pilar

En medio de ensayos, los arreglos de su hogar y un sinfín de ideas en agenda, Cibrián recibió a LA NACION en su casa, un remanso a unos 50 kilómetros de la Capital Federal, dispuesto a hacer un recorrido sobre su trayectoria y sus proyectos.

—Volvés a montar Aquí no podemos hacerlo, a 48 años de su primer estreno. ¿Cómo es regresar al mismo espectáculo tantos años después?

—Se me viene a la mente ese momento, antes del primer estreno. Yo iba de teatro en teatro con mis propuestas y todo el tiempo me decían: “Aquí no podemos hacerlo”. Me lo decían tanto que se me pegó y decidí hacer un musical que se llamará así. Es una historia muy bella de gente que lucha por sus ideales, fracasos, angustias, con una música espectacular, unas coreografías espléndidas y unas luces preciosas. Cuando en el año 1978 estrenamos en el teatro Embassy, produjeron mis padres y el día del estreno fue impresionante, vino Antonio Gasalla, Enrique Pinti, Alfredo Alcón, no sé, muchísimas figuras estaban. Subieron, aplaudieron, deliraron y al día siguiente no vino nadie.

—Entonces...

—Al mes, mi papá me dijo: “Mirá, Pepe, yo puedo sostener hasta acá, no puedo más. Entonces, vamos a terminar”. Yo me hice esa idea y sabía que el domingo terminaba mi espectáculo, pero una nota en el diario La Opinión lo cambió todo. Ese miércoles sacaron a dos páginas una nota que consideraba a Aquí no podemos hacerlo como “el primer gran musical argentino” y la gente empezó a venir. Llenamos el teatro durante todo un año y el año siguiente. La segunda temporada la produjo Carlitos Rottemberg, que era un cachorro.

“Una inspiración mágica”

—¿Qué significó Aquí no podemos hacerlo en tu carrera?

—Fue mi primer éxito porque yo venía haciendo fracasos, que era lo lógico porque no me conocía nadie. A mí no me importaba y yo seguí luchando, pero a partir de ahí empecé a tener un crédito. El musical seguía siendo un género menor... pero con esa obra empezó a cambiar. Por eso cuando dicen que soy “el rey” o el padre de la comedia musical, sí, lo soy. Lo cual no quiere decir que sea más. Quiere decir que fui el que lo empezó a pelear. Y cuando surgió Drácula, lo peleé yo. Venía de producir una obra con mi madre que se llamaba Las dulces niñas, con música de Luis María Serra, y tampoco fue nadie, perdí lo poquito que tenía, hipotequé un departamento. Tenía un Duna que lo perdí, y 10 mil dólares que también perdí y punto. Una noche, un 15 de febrero, me acuerdo perfecto, dije: “¿Qué hago?”. Y se me ocurrió llamar a Tito Lectoure, dueño del Luna Park. La idea de llamarlo fue algo que me vino como en una especie de inspiración mágica de mis ancestros y de Dios.

—¿Sentiste una conexión con tus ancestros?

—Sí, cómo no lo iba a sentir. Siete generaciones de actores estaban ahí diciendo: “Dale, dale, dale. No tiremos la toalla y nunca la he tirado. Ni ahora ni en las situaciones más adversas. Así que lo llamé [a Lectoure] y le pedí una entrevista. Le dije que tenía un gran proyecto, bla, bla, bla... y me dio la entrevista. Colgué y dije: “¡Ya tengo la entrevista, ahora no sé qué le llevó!” ¡No tenía la más remota idea! Y de pronto, se me ocurrió Drácula. Le inventé una obra y se la conté. Él me dijo: “Mirá, Pepe, yo desde el 29 de agosto tengo 40 fechas libres del Luna Park”. Y yo le respondí: “Ah, qué bien. ¿Y qué vas a hacer?”. “¡Es para vos!” “¿Cómo para mí?” No lo podía creer. Él confiaba en mí y yo en eso confío. Soy muy inseguro en muchas cosas, pero no en la profesión, porque profesión es aquel que profesa un acto de fe.

Pepe Cibrián Campoy:

—¿En qué sos inseguro?

—En lo personal, a veces en los amores, en cosas... Tengo cierta inseguridad con mi calidad de atracción, lo que fuere, pero en lo otro no; en el arte, soy un osado, un atrevido, un gladiador a ultranza porque lo viví de mis padres, mis abuelos, tatarabuelos. Mis padres fueron exitosos, pero hubo un momento en que hubo que empeñar cosas porque nos hacía falta plata.

—Puede resultar extraño que, siendo tan osado en el arte, sientas inseguridad en algunos aspectos de tu vida personal...

—Tenemos áreas, sectores donde la inseguridad por algún motivo nos afecta... Generalmente, son los dolores los que nos dan cierta inseguridad histórica. Yo llevo no sé cuánto, 60 años haciendo terapia y me parece maravilloso porque es como un ejercicio, como una gimnasia.

—¿Psicoanálisis?

—Sí, claro, aunque en este momento hago una terapia más cognitiva, he hecho todas, todas las habidas y por haber. Ahora hago más cognitiva porque es el aquí y ahora el que me afecta porque, obviamente, ya con mis padres tengo resuelto mi problema o, si no lo puedo resolver, sé que está y que no lo puedo manejar. Hay cosas que son muy difíciles, que están ya muy metidas en uno. Todo muta permanentemente y ahora es todo tan vertiginoso...

—¿Sentís que cambió mucho la profesión en el último tiempo?

—Es una profesión donde hay que saber subir y hay que saber bajar; es una ola permanentemente. Entonces, uno se adapta a eso: llenás tres días, fracasás otros cuatro. Cada vez que veo un teatro mío lleno, o ni hablar los estadios, o aunque sea un teatrito, o un sótano lleno, digo: “Guau, ¡qué increíble!” El año pasado hice Wilde con Ana Acosta, divina obra, que yo había hecho con mi madre hacía 20 años y no fue nadie. No soy menos ni más por llenar o no llenar. No es como dijo una vez un ministro: “Que fulana de tal no tenía por qué hablar porque no llegaba a vender ni 500 entradas por semana”. Eso me parece una idiotez, o eso de que porque la gente no va a ver películas al cine, hay que sacar el Incaa. No, del Incaa hay que sacar a los corruptos, no cerrarlo. Si yo tengo una herida en la rodilla, no me vas a amputar la pierna; sácame la herida, pero la pierna dejala. El Incaa como institución cultural es muy importante. Los que roban están en todas las áreas, desde arriba para abajo. Esto es así.

Talento argentino

Pepe Cibrián:

—¿Creés que el valor de una obra no se puede medir solo económicamente?

—En la sociedad capitalista, lo que define un éxito es que vaya gente. No sé si eso define si la obra es buena o es mala. Van Gogh en vida era un fracaso. No tuvo éxito. Hoy vale 200 millones un cuadro de él. Él no se enteró, pero la sociedad, la cultura, el establishment, todo define éxito si va muy bien. Si no va muy bien, es un fracaso. Ahí es donde digo: ¡Qué horror! Pero bueno, es nuestra cultura. Soy un hombre político: no me mando con ningún partido, pero opino. Como opiné en el Senado de la Nación por una ley que yo considero justa, y tenés derecho a no estar de acuerdo, para eso es la democracia, pero no sos aberrante por no estar de acuerdo, ni yo por estarlo.

—¿Qué te preocupa de todo eso?

—Creo que en la TV Pública deberían hacer retrospectivas de Nini Marshall, de Luis Sandrini, de [Lautaro] Murúa, de [Benjamín Solari] Parravicini, Mecha Ortiz, Zully Moreno, de [Alfredo] Alcón. Hay mucha gente joven, incluso gente de teatro, que no sabe quién fue Alcón. No es culpa de ellos, son maravillosos los jóvenes, pero yo hace 34 años que hago Drácula y en la versión de los 20 años, me tuve que sentar con el elenco, que eran gente divina, a preguntarles si sabían lo que era una utopía y una quimera porque me di cuenta de que en la obra lo cantaban por fonética sin saber el significado. “¿Quién sabe qué es una utopía?" Silencio. “¿Quimera?”. Silencio. A nadie se le ocurrió entrar a un diccionario. Y no estoy hablando mal de ellos, que realmente son divinos; es culpa de los que educan que no les generan la inquietud. Hoy en día sabemos que la educación está fatal.

—¿Qué opinión te merece el talento joven argentino, los nuevos artistas?

—Me acuerdo de que el director de Los miserables vino a ver una obra mía. Un señor que tenía un presupuesto de producción fuera de serie me dijo: “¿De dónde sacás tanta sangre, Pepe?”, “¡Es que tienen ganas!”, le respondí. “Nosotros somos de plástico”, me contestó. Entonces, pienso en los médicos sin gasas. Pienso en el Garrahan. Siempre en la Argentina ha sido eso. Ha sido mejor, sí, claro, ha tenido momentos de grandes científicos, de premios Nobel, que lo ganaron por talento... Yo sigo eligiendo a mi país. No se me ocurre irme. Me parece muy bien los que se van tienen todo el derecho del mundo, pero este es un país maravilloso. Es un país gentil, generoso con la gente, muy de “venite a comer a casa”. Es tanta la lucha, pero nunca pensé en irme del país.

—¿Qué tienen en común el arte y la política?

—El político tiene que ser artista y el artista tiene que ser político. No hablo de ser partidario, sino que hay que ser político para lograr de buena fe y con honestidad que te produzcan, ¿verdad? Son estrategias, pero hablo desde la honestidad. Cuando dicen: “Pepe es jodido”. Cuando dicen que echo gente, por ejemplo... Primero es mentira y segundo es verdad”. No es que yo eche... el otro hace para que yo lo saque. O sea, si yo te elijo a vos para un elenco, no es para sacarte, porque me llevó muchas horas elegirte. Ahora, si vos llegás tarde, si contestás mal, si no te sabés la letra, obviamente te saco. ¿Yo lo saco? ¡No! Se sacó él. Si sos mi pareja y me engañás, bueno, me divorcio. Y dicen: “Ay, qué horror, se divorcia” ¡Pero vos te divorciaste cuando me engañaste!

—En el amor ahora se te ve contento. Te casaste en febrero de 2024 con Ezequiel Frezzotti...

—Sí, la verdad que nos llevamos muy bien.

Pepito Cibrián junto a su pareja, en el registro civil, en febrero de 2024

El legado artístico

—¿Pensás en tu legado?

—El otro día una chica de 15 años se me acercó y me preguntó si yo era Pepe Cibrián y se me puso a llorar. “A mí me gusta el teatro, lo admiro tanto”, me dijo. Es emocionante. Esa chica va a vivir unos 100 años, o sea que durante 100 años yo voy a seguir vivo en esa gente. No es un monumento, no es una escultura, eso es una estatua, es algo vivo en la gente.

—¿Tenés algún pendiente?

—No, el único pendiente quizás y que peleé mucho por ello, durante 15 años, fue haber tenido hijos. Inclusive cuando me casé con Ana María Cores, éramos muy jóvenes y estaba la fantasía de tener un hijo, pero no se dio. Después peleé por adoptar tres hermanitos, por eso hay tantos dormitorios en la casa porque los hice pensando que me los iban a dar. Ahí empecé a pelear con una ley de Irma Roy que permitía que los hombres y mujeres solteros pudieran adoptar. Ahí empecé el trámite, digamos. Luego de eso vino la posibilidad mía de hablar en el Senado. Yo no soy un militante ni soy un héroe, pero hablé.

—¿Cómo ves a la cartelera porteña? Cada vez hay más comedias musicales a las que les va muy bien...

—Este año se estrenaron muchas. Vamos a ver cómo van. Ojalá vaya muy bien, ojalá. Estamos en un momento difícil económicamente, pero acá siempre hubo mucho teatro. O sea, yo hacía obras en sótanos y hacíamos 7 funciones por semana; por ahí iban 15 personas, pero las hacías. Hay 400 salas en Buenos Aires. Es un delirio. Somos un país delirante. Hay talento; siempre en la Argentina ha habido un talento fuera de serie. Fuera de serie. Hoy también hay mucho que quiere ser famoso, pero eso no sirve. Poner a alguien de Gran Hermano no sirve. Les puede llegar a ir bien haciendo stand up, pero entendamos que el mayor standupero fue Enrique Pinti. Gasalla. Perciavalle. Tato Bores. No jodamos. Esos son standuperos que han trascendido la historia y que han llenado teatros 40 años de su vida. Cuando estos chicos standuperos llenen 40 años diré: “Bárbaro”. Pero mientras tanto no jodamos. Ahora llegan al teatro con la ropa puesta. No van al camarín. El empresario les dice: “Mirá, tenemos llena la función del sábado; hagamos otra”. Y ellos dicen: “Ay, no, estoy cansado”. ¡Estoy cansado! Alfredo Alcón hizo la última obra de su vida en una silla de ruedas. Si yo tuviese que dirigir en silla de ruedas, dirijo en silla de ruedas. ¿Están cansados? ¿De qué están cansados?

—¿Hay menos deseo o menos amor por el escenario ahora?

—Y no lo sé... porque se les es fácil, o sea, Pinti para llegar a ser Pinti, la pasó... Gasalla, para llegar a ser Gasalla, lo mismo. No es que un día salió y llenó gracias al TikTok o al Instagram o a todo esto que se hace popular, sobre todo con los jóvenes. Yo quiero seguir haciendo teatro hasta el final.

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