PINAMAR (Enviada especial).– La despedida del año y la llegada del nuevo encontró a Pinamar en un registro que combinó lo espontáneo con lo colectivo, lo íntimo con lo compartido. No hubo un único punto de concentración ni un espectáculo centralizado: la escena se armó en fragmentos, a lo largo de la costa, en los paradores, en el centro y en los boliches, con grupos que se movían de un lugar a otro siguiendo un recorrido propio para empezar el 2026.
A las 23.40 comenzaron a verse los primeros fuegos artificiales desde distintos sectores de la playa. Eran pocos y aislados. La mayoría de los paradores permanecían cerrados o funcionaban con cenas privadas, aunque en otros la noche empezaba a tomar forma. En Feliza Beach, por ejemplo, la música sonaba por los parlantes y, con el correr de los minutos, la gente se fue acercando. Algunos ya se conocían, otros no. Había familias con chicos, grupos de amigos, parejas jóvenes y adultos mayores. Sin grandes anuncios, el parador se fue llenando mientras se acercaba la medianoche.
A las 23.55 el movimiento se intensificó. Desde distintos puntos, grupos de amigos, parejas y familias comenzaron a bajar a la playa. Algunos lo hacían abrazados, otros caminaban en silencio. Varios se detenían frente al mar, como si el ritual exigiera ese gesto previo al conteo final. “Este año perdí a mi mamá y fue muy duro. Es la primera vez que decido venir a la playa a festejar, porque sí hay que festejar. La vida es una y, aunque a veces vaya todo mal, siempre hay que vivirla”, dijo Laura Fonseca a LA NACION. Primero miró a su esposo y después se quedó unos segundos observando las olas, en una noche atravesada por un clima cambiante: durante la jornada se alternaron el sol intenso, la lluvia, un regreso del buen tiempo y, ya entrada la noche, un frío que obligó a cerrar camperas y cruzar los brazos.
El conteo comenzó de manera desordenada, pero contagiosa. “¡Diez!”, gritó alguien. El eco se replicó entre distintos grupos. “Nueve… dale, que se acabe este año por favor”, lanzó un chico rodeado de amigos, y la risa general acompañó la frase. El conteo siguió: ocho, siete, seis. A medida que los números bajaban, las voces subían. Cinco, cuatro, tres, dos, uno. Con el último número llegaron los abrazos, los gritos, el choque de copas y, casi de inmediato, el estallido de los fuegos artificiales.
En Pinamar rige una ordenanza que permite únicamente el uso de pirotecnia autorizada por la Agencia Nacional de Materiales Controlados (Anmac) y establece que debe ser manipulada solo en la zona de playas y por adultos. La normativa habilita exclusivamente la comercialización y el uso de productos pirotécnicos de bajo riesgo (Clase A11) y de riesgo limitado (Clase B-3), dentro de la franja costera que va desde La Frontera hacia el norte hasta el límite con Monte Carlo, y desde el agua hasta la línea de circulación vehicular. En ese contexto, el espectáculo se desplegó durante algunos minutos frente al mar.
Desde el parador se escuchaban exclamaciones y aplausos. En el cielo, los colores se abrían y se apagaban sobre el fondo negro de la noche. Los fuegos no fueron extensos, pero para quienes estaban ahí el tiempo pareció estirarse. Cada explosión generaba una pausa, una mirada compartida, un comentario breve. Cuando el último destello se apagó, la música volvió a subir de volumen y el clima cambió. La gente empezó a bailar, a cantar, a moverse sin demasiada coreografía, como si el cuerpo necesitara liberar la tensión acumulada.
Entre los presentes estaba un hombre de 85 años que hace cuatro décadas veranea en Pinamar. Apoyado en su bastón, observaba la escena con atención. “Yo vi muchos Años Nuevos acá, con mis hijos, con mis nietos, con amigos que ya no están. Cada vez es distinto, pero el mar es el mismo. Mientras pueda, voy a seguir viniendo”, dijo a este medio, antes de sumarse al abrazo de su familia.
Otro de los puntos de encuentro fue el centro de la ciudad, especialmente la rotonda de las avenidas Bunge y del Mar. El cartel con las letras de Pinamar, iluminado y con el mar de fondo, funcionó como punto de referencia. Allí se reunieron familias, parejas y grupos de amigos de todas las edades. Algunos llevaban vinchas con el número 2026, otros improvisaban música desde celulares o pequeños parlantes. Se bailaba, se sacaban fotos, se brindaba. La escena se repetía en distintos tonos, pero con un clima común: nadie parecía apurado.
“Venimos todos los años al cartel, es como una tradición. Después cada uno sigue para donde quiere, pero arrancamos acá”, contó Marcos Mezzina, de 34 años, que había llegado con un grupo de amigos desde Lanús. Cerca de él, una mujer que prefirió no dar su nombre miraba el mar. “Yo me quedo acá. No necesito bajar a la playa, con verlo ya está”, dijo a LA NACION.
La zona estuvo custodiada por efectivos policiales que se ubicaron en fila, atentos a cualquier eventualidad. No hubo disturbios ni intervenciones. La presencia era visible, pero discreta, y el movimiento de la gente se mantuvo fluido durante toda la madrugada.
La fiesta continuó en distintos bares y boliches de la ciudad, que prepararon propuestas especiales para recibir el Año Nuevo. En UFO Point, sobre Avenida del Mar, la celebración comenzó durante la noche del 31 y se extendió hasta el amanecer, con música electrónica y una programación pensada especialmente para la fecha. La convocatoria reunió tanto a turistas como a residentes, con grupos que llegaban después de la medianoche desde la playa o el centro, en un circuito que fue conectando distintos puntos de Pinamar.
El festejo se extendió durante la madrugada, por ejemplo, en el bar Santa Mónica, que sacó la música hacia el exterior. Allí se mezclaron quienes habían cenado en el lugar con personas que se sumaban al pasar, en una escena que se repitió durante varias horas. Se bailaba en la vereda y en la calle, con grupos que se armaban y desarmaban, mientras el Año Nuevo avanzaba y la circulación seguía sin incidentes.
Otros locales nocturnos también ofrecieron eventos especiales, con cenas tempranas, cambios de ambientación y música que se trasladó hacia los espacios abiertos, permitiendo que el festejo no quedara encerrado puertas adentro. En varios casos, quienes habían pasado el brindis en familia o con amigos se sumaron más tarde, cuando el Año Nuevo ya estaba en marcha. Así, la noche se fue armando por capas: la cena, el brindis, el encuentro en la playa, el paso por el centro y, para muchos, el cierre en los boliches, donde la música continuó sin pausas.
Tres horas después del inicio del nuevo año, Pinamar seguía activa. En distintos puntos se escuchaba música proveniente de locales, parlantes portátiles o grupos de amigos que cantaban a modo de karaoke. Algunos caminaban por la costa con una copa en la mano, otros se sentaban en la arena a charlar. El blanco fue el color predominante en la vestimenta, elegido tanto por jóvenes como por adultos mayores, en una decisión que muchos asociaban con el deseo de empezar de cero.
Hubo también paradores que apostaron por cenas especiales. En Rada Beach, por ejemplo, se ofreció un menú con protagonismo de productos de pesca combinados con otras opciones gastronómicas. La mayoría de los asistentes había ingresado con reservas previas y permaneció allí hasta pasada la medianoche, antes de sumarse –o no– a los festejos al aire libre.
Sin un acto central ni una agenda oficial, Pinamar recibió así el Año Nuevo a su manera: fragmentada, abierta, con escenas que se superponían entre el mar, la playa, el centro y la noche. Un festejo sin estridencias, en el que cada grupo puso su impronta.


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