En tiempos donde todo se busca en Google y se mide en likes, hay un tipo de conocimiento que vuelve con fuerza: el saber transmitido de boca en boca, entre mates, recetas y macetas.
Un saber que proviene de la experiencia más que del estudio y tiene eficacia probada. Hablamos del saber botánico de las abuelas: un universo doméstico y sabio que hoy se reivindica con aroma a lavanda y orgullo vintage.
¿Quién no ha entrado a una casa de abuela y ha visto un helecho en el baño?
Más allá de la función estética —que hoy se traduce como cool—, el helecho cumple una misión concreta: absorber la humedad.
Estas plantas aman los ambientes cargados de vapor y, a cambio, ayudan a purificar el aire y mantener equilibrado el nivel de humedad, evitando moho y malos olores. No lo llamaban biodecoración, pero claramente lo era.
Antes de que el paracetamol se adueñara en los botiquines, había un estante con frascos de hierbas secas.
La menta para el dolor de panza, el boldo para el hígado y la manzanilla para calmar nervios y estómagos irritables.
Lo curioso es que hoy la ciencia confirma mucho de esto: la menta contiene mentol, que relaja los músculos del aparato digestivo; el boldo estimula la producción de bilis y la manzanilla tiene propiedades antiinflamatorias y sedantes leves.
La ruda, esa planta con aroma penetrante y reputación esotérica, ocupaba un lugar clave en muchas casas.
Se decía que la ruda macho (de hojas grandes) protegía contra la mala onda y que la ruda hembra (de hojas pequeñas) ayudaba en asuntos de salud y fertilidad.
Aunque suene supersticioso, hay algo detrás: la ruda tiene propiedades antiespasmódicas, digestivas y antiinflamatorias.
Y en lo simbólico, no hay ciencia que niegue el poder de sentirnos cuidados por una planta que espanta lo malo.
No es menor que ciertas prácticas —como poner una ramita de ruda detrás de la puerta o en la billetera el primer día de agosto— se sigan cumpliendo, aunque sea por las dudas.
Cada planta tenía un propósito para nuestras abuelas.
La lavanda servía para perfumar la ropa y también para calmar el insomnio; la albahaca no sólo iba en la salsa, también se decía que protegía el hogar; el laurel no se usaba solo en el tuco, sino que se usaba para ayudar en la digestión y aliviar dolores articulares.
Hoy muchas de estas propiedades de las plantas están en manuales de fitoterapia o en TikToks de herboristas jóvenes. Pero hace tiempo, eran parte del sentido común doméstico: un conocimiento práctico, que se heredaba de generación en generación y no necesitaba más validación que el “a mí me resultó”.
En muchos patios había un limonero. No solo porque daba sombra y limones todo el año, sino porque su sola presencia actuaba como desinfectante ambiental natural.
¿Un resfrío? Té con limón. ¿Dolor de garganta? Gárgaras con jugo de limón y sal. ¿Manchas en la madera? Limón con bicarbonato. Multifuncionalidad del jardín al servicio del hogar.
No se trata de idealizar todo lo de antes sino de rescatar lo útil, lo sabio y lo sustentable. Esos saberes que no reemplazan a la medicina ni a la tecnología, pero la complementan con humanidad, simpleza y sentido común.
Cuando todo se vuelve instantáneo y descartable, las plantas —y las abuelas— nos recuerdan la lógica del cuidado, de lo que se cultiva con paciencia.

