La ofensiva de Donald Trump para hacerse con Groenlandia dejó de ser una excentricidad geopolítica y se convirtió ya en un factor de dislocación comercial.
El 17 de enero Donald Trump amenazó con aranceles adicionales de 10 por ciento a partir del 1 de febrero —y con un aumento de hasta 25 por ciento el 1 de junio— contra Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Países Bajos, Finlandia y Gran Bretaña, hasta que Estados Unidos pueda hacerse con Groenlandia. En el mismo mensaje insistió en que no aceptará nada menos que la propiedad del territorio y no descartó el uso de la fuerza.
La reacción europea no fue solo política. Voces desde Bruselas advirtieron que nuevos aranceles socavarían la relación transatlántica y abrirían una espiral peligrosa. En paralelo, un reporte de Bloomberg señaló que la Unión Europea está dispuesta a congelar o incluso descarrilar el entendimiento comercial que había venido construyéndose con Washington. La razón es simple: si el acceso al mercado estadounidense se condiciona a respaldos geopolíticos puntuales, cualquier acuerdo pierde credibilidad. Hoy se firma, mañana se reinterpreta a golpe de arancel.
Conviene dimensionar qué significa patear el tablero transatlántico.
Las exportaciones conjuntas de la Unión Europea a Estados Unidos sumaron 531 mil millones de dólares, lo que representó cerca del 20 por ciento del total comprado por los estadounidenses. El impacto de gravar con aranceles ese monto no es asunto menor, pues la relación entre ambas zonas es una parte fundamental del marco comercial global.
Aun así, Trump está usando los aranceles como herramienta de coerción geopolítica. El argumento de la “seguridad” se mezcla con el de los recursos minerales y con una lógica territorial.
Groenlandia ya alberga la base Pituffik de la Fuerza Espacial Norteamericana y existe desde 1951 un acuerdo que permite a Estados Unidos desplegar fuerzas en ese territorio danés. Ahora quiere todo. La consecuencia inmediata no es solo el enojo europeo; es el incentivo a que Europa acelere su diversificación comercial.
Ahí aparece otro hecho relevante: el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur, cerrado finalmente tras más de dos décadas de negociaciones. El comercio bilateral entre ambos bloques ronda los 110 mil millones de euros anuales. Más allá de la ratificación pendiente y de las resistencias internas, el mensaje es inequívoco: ante una relación transatlántica impredecible, Europa busca anclas en otras regiones.
El movimiento no es exclusivo de Europa. Canadá también está construyendo válvulas de escape. La semana pasada anunció un entendimiento con China para reducir fricciones comerciales en productos clave como la canola y ciertos alimentos, con recortes arancelarios significativos respecto a los niveles punitivos vigentes. No se trata de un giro ideológico, sino de pragmatismo: incluso aliados cercanos de Washington están reduciendo su exposición a decisiones súbitas.
¿Estamos ante un rediseño global de los bloques comerciales? Sí, pero con una característica corrosiva: la incertidumbre.
A ello se suma que en Estados Unidos la Corte Suprema revisa el alcance de los poderes presidenciales para imponer aranceles. Si la legalidad de esos instrumentos está en disputa, la incertidumbre para empresas e inversionistas aumenta.
México va a negociar el T-MEC en ese clima. El episodio de Groenlandia deja una lección incómoda: para Trump, el comercio puede convertirse en instrumento de agendas que van mucho más allá del comercio.
Como le hemos comentado, la respuesta mexicana debe ser técnica, política y estratégica. Llegar a la mesa con evidencia dura de integración productiva, reglas de origen y advirtiendo los costos inflacionarios de cualquier ruptura; diversificar mercados y suministros críticos sin hacer ruido; y asumir que la discusión ya no será solo arancelaria, sino política y geopolítica.
Cuando un territorio ártico se convierte en pretexto para reconfigurar aranceles en Europa, el T-MEC deja de ser únicamente un tratado.
Se trata de un acuerdo que puede ser fundamental para Estados Unidos ante la dislocación del intercambio con otras zonas del mundo. Y eso es algo que México debe usar con inteligencia.


