Por Carina Martínez
La sustentabilidad atraviesa hoy una etapa incómoda y decisiva. Incómoda porque dejó de ser un territorio de consensos obvios; decisiva porque lo que se haga -o se deje de hacer- va a definir la competitividad de empresas, sectores y países, más temprano que tarde. El impacto ya se manifiesta en eventos climáticos extremos, en tensiones sociales crecientes y en riesgos evidentes para los negocios, que van desde interrupciones operativas hasta mayores costos financieros, de seguros e incluso reputacionales. Todo está a la vista para quien quiera verlo y ya no se traduce solo en advertencias abstractas, sino en efectos concretos y medibles que afectan la rentabilidad, la continuidad operativa y la competitividad.
De manera contradictoria, este escenario convive con un clima discursivo global que, en algunos países o estados más que en otros, tiende a relativizar la urgencia del problema, a cuestionar su legitimidad o a presentarlo como una carga excesiva para la actividad económica, en el marco de una disputa geopolítica e ideológica feroz. Una disputa que, por supuesto, excede largamente a la problemática de la sustentabilidad, pero que la atraviesa de lleno y condiciona el debate.
Este “ruido” político y cultural puede tentar a las compañías a bajar el perfil, a moderar sus mensajes y, en aquellas menos convencidas, a pausar iniciativas que hasta hace muy poco se defendían a viva voz. Claro que no todas las empresas viven esta etapa de la misma manera. El dilema se vuelve especialmente intenso para aquellas que durante años construyeron estrategias, estructuras internas, compromisos públicos y una narrativa sólida en torno a la agenda ambiental y social. Avanzar con decisión implica mayor exposición; frenar o retroceder supone asumir riesgos económicos y reputacionales difíciles de justificar.
Así las cosas, los desafíos se multiplican en un mundo cada vez más convulsionado y atravesado por un reordenamiento geopolítico aún incierto. A todo lo antedicho se suman la aceleración tecnológica, la digitalización, la inteligencia artificial y varios etcéteras que empujan a las empresas a revisar su estrategia de punta a punta. La gestión de datos se convierte en un factor crítico. La tecnología, incluida la inteligencia artificial, aparece como una aliada para capturar, procesar y analizar información en tiempo real, pero también introduce nuevos desafíos en términos de capacidades internas, inversiones y gobernanza de la información, sin dejar de lado el impacto ambiental de la propia infraestructura digital, que por el consumo energético creciente que requiere para operar, abre nuevos interrogantes.
Todos estos procesos en paralelo impactan en las decisiones que toman las compañías en múltiples sentidos. En los productos y servicios ofrecidos, en la forma en que se opera, se produce y se gestionan los negocios, y en el vínculo con una cadena de valor que gana protagonismo. Con clientes más volátiles, hiperconectados, informados y exigentes, los márgenes de error se achican y las malas decisiones pueden pagarse muy caras. Del lado de los proveedores, a sabiendas de que las exigencias de buenas prácticas no se limitan a la propia operación, una falla en un eslabón puede impactar negativamente tanto en términos económicos y financieros como reputacionales. Esto suma presión, a su vez, a las compañías proveedoras, muchas veces pymes, que suelen ser el eslabón más débil y vulnerable.
Que las crisis abren oportunidades es una de las frases más trilladas de la historia, pero no por eso menos cierta. Claro está, entonces, que en medio de este panorama no siempre alentador, se abren múltiples oportunidades para quienes logren ignorar el ruido externo e integren la sustentabilidad al corazón de su estrategia. Nuevos modelos de negocio vinculados con la transición energética, la economía circular, la eficiencia en el uso de recursos, la regeneración de ecosistemas y la innovación en productos y servicios ante nuevas demandas y necesidades conviven con mejoras concretas y palpables en el corto plazo, como la reducción de costos por eficiencia operativa, el acceso a financiamiento en mejores condiciones, el fortalecimiento reputacional y la construcción de alianzas estratégicas prometedoras.
Si de alianzas hablamos, la cooperación y el trabajo en red, una vez más, son determinantes para afrontar este escenario; ninguna organización puede abordar en soledad desafíos que son estructurales y sistémicos. Así, las sinergias entre empresas, el trabajo conjunto con el sector público y la articulación con la academia, las organizaciones de la sociedad civil y actores globales resultan indispensables para escalar impactos positivos y sostener transformaciones de largo plazo.
Como cada año, el Libro blanco de la sustentabilidad busca dar cuenta del estado de situación, las tendencias que se avisan, los retos que persisten y las oportunidades que se abren. Esta edición, en particular, nace de ese punto de inflexión. En sus más de cuarenta entrevistas a especialistas de empresas y consultoras, recoge miradas diversas que coinciden en general, en un aspecto central: no hay una retirada de la sustentabilidad, sino una etapa de mayor exigencia. El foco se desplazó del discurso a la evidencia, de las declaraciones generales a la medición concreta, de la iniciativa aislada a la integración con la estrategia del negocio. La sustentabilidad no desaparece porque cambie el clima discursivo, sobre todo para las grandes compañías, que son las más expuestas. Los desafíos estructurales siguen ahí y, en muchos casos, se intensifican. Lo que sí cambia es la forma en que las organizaciones deciden enfrentarlos. Algunas optan por el silencio estratégico, otras por ajustar el lenguaje, otras por redoblar la apuesta. Así, paso a paso, la sustentabilidad va abandonado el lugar de-compartimento estanco y se va entrelazando con la estrategia, las finanzas, la gestión de riesgos y la cultura organizacional. Entender esa dinámica ya no es solo una cuestión de responsabilidad. Es, cada vez más, una condición para seguir siendo relevantes en una economía hipercompetitiva, y que ya empezó a cambiar, aun cuando algunos discursos insistan en negarlo.
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