Parecía una noche como cualquier otra. En la cama, agotado por un día que se me había hecho demasiado largo, apagué el Kindle y me dispuse a descansar. Sin la lParecía una noche como cualquier otra. En la cama, agotado por un día que se me había hecho demasiado largo, apagué el Kindle y me dispuse a descansar. Sin la l

Una noche en el museo (del fracaso)

2026/02/05 17:00
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Parecía una noche como cualquier otra. En la cama, agotado por un día que se me había hecho demasiado largo, apagué el Kindle y me dispuse a descansar. Sin la luz blanca que aquel lector proyectaba sobre mi cara, la habitación quedó a oscuras. A mi alrededor dormían serenamente mi novia, tres gatos y uno de los perros. Tenía por delante varias horas de sueño plácido. Estaba seguro de eso.

Cerré los ojos, pero no sirvió. Justo cuando creí haber bajado la persiana sobre los acontecimientos de la jornada, aparecieron ellos: un excompañero de trabajo que se burlaba de mí en las reuniones de equipo; una relación malograda de hace algunos años; incluso una injusticia futura, imaginada, que -aunque improbable- se imponía en mi mente con la fuerza de una profecía bíblica. Fantasmas de fracasos pasados y por venir que, en una noche agobiante de verano porteño, decidieron hacerme una visita.

En algún punto impreciso de la madrugada, dejé de pensar en todo eso y me quedé dormido. El desafortunado desfile de calamidades no volvió a ocupar mi cabeza hasta la mañana siguiente, cuando leí un artículo que me hizo resignificar lo ocurrido. Anunciaba la inauguración del Museo de los Fracasos Personales (Museum of Personal Failures), una muestra montada en el Kingsgate Mall, un centro comercial de la ciudad de Vancouver, Canadá.

A pesar de su nombre, no se trata de un museo sino de una exposición colectiva creada por Eyvan Collins, un residente de Burnaby, en Columbia Británica. Agobiado por una serie de reveses amorosos, Collins comenzó a pegar afiches en su ciudad con una convocatoria en mayúsculas: “SE BUSCAN FRACASOS”. Las personas interesadas debían enviar un objeto que ilustrara una derrota propia, junto con el relato del infortunio. La respuesta de la comunidad -según la propia organización- fue “abrumadora”.

Para Jesse Scott, director de operaciones de la flamante iniciativa, “en nuestra cultura estamos obsesionados de manera casi patológica con una idea muy limitada de lo que significa tener éxito”. “Entonces el fracaso se interpreta como un cierre definitivo: la prueba de que no llegaste a ser la versión de vos mismo que aspirabas a ser”, explicó en diálogo con el sitio BCIT News.

¿Qué puede verse en el recorrido por el Museo de los Fracasos Personales? Muchos objetos que cualquiera de nosotros podría encontrar en su propia casa: cartas de rechazo laboral, pinturas inconclusas, una bicicleta desarmada cuyo dueño no logró ensamblar. También hay un vestido de novia de un matrimonio fallido. La muestra se inauguró el 24 de enero y debía cerrar el 4 de febrero, pero debido al aluvión de público se extendió hasta el 9. Mientras tanto, siguen recibiendo donaciones para cubrir sus paredes.

La iniciativa me recordó otro emprendimiento similar: el Museo del Fracaso (Museum of Failure), creado por el coleccionista Samuel West en 2017 y que, desde entonces, pasea su colección por distintas capitales del mundo. Allí, sin embargo, la naturaleza de los objetos no es personal sino corporativa: productos de grandes empresas que pasaron a la historia como errores estrepitosos, desde una Pepsi transparente hasta una lasaña lanzada por la marca de pastas (dentales) Colgate, pasando por las malogradas gafas de Google.

Suena divertido, pero sospecho que la versión canadiense resulta más estimulante. Hay una cierta universalidad en el fracaso: nadie está exento de sufrir un rechazo amoroso, protagonizar una entrevista laboral miserable o romper una pertenencia costosísima que confió en reparar solo con la ayuda de un tutorial de YouTube.

El fracaso es el gran igualador: puede atacar con la misma ferocidad a hombres y mujeres, magnates y mendigos, sin distinción de país ni religión. Probablemente todos tengamos algo para donar al Museo de los Fracasos Personales. La próxima vez que me desvele, intentaré imaginar cuál de mis frustraciones se vería mejor en sus vidrieras.

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