Francis Scott Fitzgerald, Snoopy y PrinceFrancis Scott Fitzgerald, Snoopy y Prince

Minnesota es como Pergamino

2026/02/08 05:15
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Tengo razones del corazón, que ya referiré, para amar a Minnesota.

Minnesota, y su urbe más poblada, Minneapolis, han ocupado las últimas semanas lugares destacados en páginas y noticieros internacionales. Ha sido a raíz de enfrentamientos callejeros con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de los Estados Unidos.

Los choques con manifestantes adversos a la política, y sobre todo a los métodos de persecución de la inmigración ilegal dispuestos por el presidente Donald Trump, derivaron en dos muertes de alta repercusión política, las de Renee Good y Alex Pretti. Eran ciudadanos norteamericanos y coincidían en la misma edad: 37 años.

Las víctimas fueron abatidas por agentes federales en situaciones por demás controvertidas que han llevado a una serie de ácidas polémicas, al parecer ahora encauzadas en mejores términos, entre el gobierno federal de Trump y el gobierno estatal, en manos de Tim Walz. Tim fue el risueño compañero de Kamala Harris en la fórmula del Partido Demócrata, en la última contienda presidencial.

Es posible que la mención de Minnesota no lograra antes de aquellos episodios remover de la memoria de algunas gentes más que el nombre de Fargo, el celebrado drama de suspenso policial de 1996. William H. Macy personificaba a un vendedor de automóviles que contrata a dos hampones para que secuestren a su mujer y poder extorsionar así al suegro a pagar por el rescate de la hija. Fargo obtuvo dos Oscar y dispensó un tiempo de notoriedad a Minneapolis, donde se situaba principalmente la acción del drama.

Fargo, una de las películas que muestran otra cara de los Estados Unidos

Otros podrán recordar a Minneapolis por una circunstancia trágica de la vida real: el caso de George Floyd, de 2020, a quien Dereck Chauvin, un policía local, apretó el cuello contra el piso de una de las calles de Minneapolis con una de sus rodillas. Lo hizo el tiempo suficiente para dejarlo inánime.

El asunto dio vuelta al mundo y la indignación popular volvió a potenciar la consigna de Black Lives Matter (la vida de los negros importa). El hashtag había prosperado mundialmente desde hacía ocho años por episodios similares que involucraban como víctimas a personas de color. Chauvin fue condenado a 22 años de prisión.

Minnesota ha sido tradicionalmente un estado desafecto al Partido Republicano. Me familiaricé con su política cuando sus dos senadores, ambos demócratas, constituían una representación de fuste en el Congreso: Hubert Humphrey, más tarde vicepresidente con Lyndon Johnson, y Eugene McCarthy, un liberal y católico de llamativa prestancia que aspiraría en 1968 a llegar a la Casa Blanca.

Con todo, en 1948 algunos minnesotans notorios habían contribuido a que Harry Truman, que era vicepresidente en ejercicio de la presidencia por la muerte de Franklin Roosevelt en abril de 1945, casi perdiera su competencia electoral contra el gobernador republicano de Nueva York, Thomas Dewey.

Parte de los demócratas, como los que militaban en una fuerza política de bases agrarias y populistas de fuerte tradición en aquel estado del Midwest (Medio Oeste), se habían sumado a una tercera candidatura. Fue la de Henry Wallace, el adinerado izquierdista que había sido vicepresidente de los Estados Unidos en la tercera presidencia de Roosevelt (1940-1944).

Tanto se daba por inevitable el triunfo de Dewey que el Chicago Tribune abrió a todo ancho de página su primera edición tras los comicios con el célebre, e infame título, de Dewey defeats Truman (Dewey derrota a Truman). Cuando las conjeturas erróneas retrocedieron ante los hechos consumados, Truman se exhibió rebosante de alegre ironía: se hizo fotografiar, dando lugar a una de las imágenes más difundidas en la historia política de Estados Unidos, mientras leía el título de tapa del Chicago Tribune enlodado por los resultados finales.

ARCHIVO - En esta foto de archivo del 4 de noviembre de 1948, el presidente Harry S. Truman en la estación Union de St. Louis sostiene una edición del día de las elecciones del Chicago Daily Tribune, que –basándose en los primeros resultados– anunciaba erróneamente

Para un puñado de argentinos, mancomunados desde hace largo tiempo por el ejercicio del oficio periodístico, Minnesota representa mucho más que la suma de todas esas historias. Comenzaré por ponerlo en términos personales: después de semanas de informaciones sobre la violencia que abrumaba a Minnesota, hice una abstracción, preguntándome dónde estaba la mejor gente que había conocido en parte alguna del mundo. Comparar es conocer, después de todo.

Me dije que seguramente no había conocido gente de más sólidos principios morales, más compasiva y acogedora con los extraños que los minnesotans. Ha llegado la hora de decirlo con cálido agradecimiento.

Los conocí en 1963 al obtener la plaza abierta para un periodista argentino en el World Press Institute, fundado dos años antes por Harry Morgan, un joven periodista de Salinas, Oklahoma, a fin de ampliar las bases de defensa de la libertad de prensa en el mundo. Fuimos seleccionados doce periodistas, uno por país, provenientes de diversas regiones del planeta: cuatro por América latina, cuatro por Europa, cuatro por Asia-África.

Harry había convencido a los directorios de varias compañías de primer orden de los Estados Unidos de que el objetivo valía la pena que fuera cumplido en plena Guerra Fría, y en confrontación de valores, con la Unión Soviética y sus aliados. Se alistaron para ese fin Reader’s Digest, por sus dueños, los filántropos DeWitt y Lila Wallace, PanAmerican, Coca-Cola, General Mills, Minnesota Mining and Manufacturing Company, en adelante 3M, y otras.

Cuando abrí una serie de consultas con los colegas más próximos, entre tantos argentinos que participaron de ese programa que funcionó hasta 2007 en Macalester College -una de las casas de estudios humanistas más prestigiosas del Medio Oeste-, hallé el rostro amistoso de todos ellos en mi propio espejo. Andrés Oppenheimer, clásico experto en asuntos latinoamericanos de la CNN y el Miami Herald, y colaborador habitual de LA NACION, me dijo sin vacilar: “Coincido absolutamente con vos”.

Andrés recuerda la gente de las ciudades gemelas de Saint Paul, donde finca el Macalester College, y Minneapolis, por la peculiaridad de haber estado entre las pocas que lo sorprendieron por el hecho de que todos se saludaban con todos, sin importar por dónde pasaran o dónde se hallaran. Le conté que estoy casado con Rita, una mujer sin pensamiento oculto, con raíces en Pergamino y criada, por lo tanto, en una cultura de provincia, a quien suele indignar la forma en que los porteños se cruzan como fantasmas, ignorándose unos a otros.

Referí al colega que hace un tiempo, al entrar en una farmacia de Quintana y Callao, Rita había dicho en voz alta: “Buenos días”. Como al saludo siguió el silencio más absoluto del grupo de personas que esperaban a ser atendidas, Rita comentó a Fany, farmacéutica y vieja amiga: “Dije ‘buenos días’ y nadie contestó”. De a poco, emergieron en el local leves, casi vergonzosas respuestas, en un eco en cascada: “Buenos días”, “Buenos días”, y así.

Tras la narración del episodio sucedido en uno de los locales de la cadena farmacéutica TKL, la respuesta del periodista nato que es Andrés no se hizo esperar: “Ahí tienes el título de la nota que te propones escribir: Minnesota es como Pergamino”. No esperes tampoco, advirtió Andrés, que te saluden con facilidad en Miami o Nueva York. Gracias, Andrés, por relevarme de la tarea de pensar un título para este texto.

Minnesota no es el lugar de paso para ir a ningún lugar glamoroso en particular. Sus coches llevan la leyenda de que es “El Estado de los Diez Mil Lagos” y esto no responde a fantasías de lunáticos del agua. Tiene, en verdad, diez mil lagos y una temperatura en sus extremos de invierno y verano que hacen pensar dos veces en vivir en esas tierras que pertenecieron, por cientos de años, acaso miles, a indios dakotas, del linaje de los sioux, y a ojibwas.

Recuerdo un título del Minneapolis Star, de enero o febrero de 1964: “Ayer, Duluth, el lugar más frío del planeta: 47 grados bajo cero”. Duluth es un puerto cerealero de Minnesota sobre el Lago Superior, a 250 kilómetros al noreste de Minneapolis. Se hiela en invierno, desde luego, y sufre por los vientos que bajan del Ártico y cruzan Minnesota, confiriéndole la condición del estado con clima más inclemente de la Unión. Allí nació, en 1941, Robert Allen Zimmerman, a quien el mundo entero conocería como Bob Dylan.

Bob Dylan, nacido en Minnesota

En mis viejos tiempos el programa del World Press Institute contemplaba un ciclo regular completo en Macalester de estudios sobre las instituciones norteamericanas, una gira de miles de millas en camioneta por todos los rincones del país y tres meses de prácticas periodísticas en un medio de comunicación a elección del becario. Si había en el mundo una beca, lo que se dice una beca, era esa.

Por interés en la sobrevida y las peripecias de la primera oleada de cubanos exiliados elegí incorporarme al Miami Herald. Había entrevistado a Fidel Castro en el Alvear Palace Hotel cuando viajó a Buenos Aires en mayo de 1959 para una reunión interamericana, cuatro meses después de haber bajado triunfante a La Habana desde las sierras, y ahora procuraba escribir historias sobre sus adversarios en el éxodo que había provocado.

Antonio Rodríguez Villar, “Tonito”, integró el primer elenco de becarios del WPI, de 1961-1962. “Tonito” fue redactor de La Prensa y LA NACION y presidió por muchos años la Academia Nacional del Folklore. Cuando volvía en 1966 a Estados Unidos lo despedimos en Ezeiza con su madre, una hermana y Eduardo Falú, quien le llevó una guitarra de regalo. Al dejar el aeropuerto, Falú me dijo: “Si este muchacho tomara la guitarra con la seriedad del caso, sería un fenómeno”.

A los 90 años, y en camino, dice, hacia los 91, “Tonito” se entusiasma con la idea de hacer público un testimonio colectivo de gratitud a un pueblo tan generoso como el de Minnesota. Observa como un dato idiosincrático de los minnesotans, y en realidad de los norteamericanos en general, el sentido musical de la vida.

Recuerda de su primer día en Macalester College la bienvenida de los estudiantes nativos, en la que quienes lo recibían cantando, pasaban al rato a ejecutar uno o más instrumentos. No es una casualidad, dice “Tonito”, que Truman y Nixon tocaran el piano, y Clinton el saxofón: desde temprana edad se aprende en Estados Unidos música de manera más seria que en otros países.

Comparto con el viejo amigo los datos de un relevamiento del Pew Research Center de 2025 que mensura comportamientos solidarios en los Estados Unidos. Andrés Oppenheimer me había recomendado esa lectura.

Sobre los 50 estados de la Unión, Minnesota es el cuarto con mayor promedio de donaciones individuales e institucionales. Esto ocurre en un país en que el total de donaciones alcanza la cifra asombrosa de 500.000 millones de dólares al año. El estudio del Pew Research Center no solo computa las donaciones en dinero u otras formas materiales, sino también el tiempo y esfuerzo que muchos dedican a la atención y el acompañamiento de personas desprovistas de suficiente contención.

Ricardo Arriazu es conocido como uno de los economistas relevantes de la Argentina. Sus conferencias y artículos periodísticos tienen invariablemente un alto impacto entre los colegas y medios políticos. “Economista de economista”, se lo define con el aura tan única que ha distinguido a unos pocos elegidos, como fue con Julio Olivera, el desaparecido rector de la UBA. Es la forma apropiada para caracterizar a una personalidad incuestionable en la disciplina en que Arriazu maduró a comienzos de los sesenta en la Universidad de Minnesota.

Era esta por entonces la tercera universidad pública en número de matrículas de los Estados Unidos. Y constituía por aquella época un ámbito de primer orden nacional en estudios de Economía, Mass Media (periodismo) y Filosofía.

Arriazu recuerda con emoción la forma en que esa universidad estaba preparada para facilitar el ingreso de los estudiantes extranjeros en un mundo nuevo en vida y estudios. No olvida la regla a la que ajustaban el egreso de los estudiantes de la Universidad de Minnesota: al irse, dejaban sus pertenencias al servicio de quienes llegaran.

Patricio Bernabé, el veterano y tan querible editor de Cartas de Lectores y temas de Opinión de LA NACION, coincide con Rodríguez Villar en cuanto a la sensibilidad musical de los minnesotans. Había llegado a St. Paul en 1984, cuando los estudiantes nativos de allí se desvivían con la música de Purple Rain (Lluvia Púrpura), uno de los mayores éxitos en la carrera de Prince, el hijo de Minneapolis que batiría récords con sus grabaciones. Prince Rogers Nelson había nacido justamente en Minnesota, y allí moriría, en 2016.

Prince, fallecido a los 57 años

Patricio confraternizó en Macalester con un muchacho que a su arribo ya había visto Purple Rain, en versión cinematográfica estrenada en 1984, nueve veces. “A mí me impresionaron -confiesa- la sencillez y circunspecta hospitalidad de la gente de Minnesota hacia el extranjero que iba a esas tierras muchas veces heladas. A la discreción natural de sus habitantes, entre los que la mayoría eran liberales en el sentido norteamericano de la palabra, se sumaba una genuina curiosidad por conocer la historia y las costumbres del país del visitante extranjero”.

Patricio había llegado a St. Paul un día antes de lo previsto y, tan pronto se registró, lo rodearon para asistirlo estudiantes que hacían un voluntariado remunerado en tareas de orientación de chicos y chicas extranjeros que comenzaban los estudios. Esa primera noche lo llevaron al cine.

Nelson Castro, una de las figuras más respetadas del periodismo argentino, fue también becario del WPI (1985). No olvida la llanura de trato de los minnesotans ni tampoco la permanente voluntad de escuchar para aprender lo que pudiera desprenderse de otras culturas. Recuerda bien la fascinación con la que los minnesotans seguían ese año las alternativas del juicio a las Juntas Militares que habían gobernado la Argentina y la proyección de la sentencia en el caso como un leading case en el horizonte del derecho penal internacional.

En las últimas décadas las “Twins” (gemelas) recibieron altos contingentes de inmigrantes asiáticos. Arriazu aporta el dato de que Minneapolis y St. Paul han de estar entre las ciudades que han acogido desde hace años el mayor número de somalíes en su huida desde África oriental.

Manifestantes se congregan durante una protesta contra las redadas migratorias, en la Plaza de la Corte Federal el martes 27 de enero de 2026 en Minneapolis, Minnesota. (Foto AP/Adam Gray)

En mi memoria de hace más de sesenta años queda entre lo que percibí de Minnesota la imagen de una cultura escandinava que sobresalía por doquier, particularmente por la presencia de descendientes de quienes habían llegado desde Noruega y, en menor medida, de Suecia. También eran notorios los apellidos de origen dinamarqués, alemán e islandés.

Gentes preparadas para resistir bajas temperaturas en extremo. No tanto, sin embargo, para las marcas que impedían a cualquier humano las actividades al aire libre o el simple hecho de caminar unas pocas cuadras con la gorra desprovista del salvoconducto vital en esas circunstancias: orejeras que cubrieran las terminales nerviosas de los lóbulos, la parte más sensible del cuerpo expuesta al frío despiadado.

Nuestra gira frenética en camioneta por los Estados Unidos como parte del programa del WPI fue en tiempos locos -bueno, en otros tiempos por igual de locos- de la vida norteamericana. Con los primeros meses de la presidencia demócrata de Lyndon Johnson llegaban a su fin siglos de segregación racial, pero subsistían todavía más que bolsones con las viejas normas.

En Nashville, capital de Tennessee, el alcalde nos declaró un mediodía ciudadanos honorarios de la ciudad, y por la noche fuimos rechazados de un night club porque nos negábamos a entrar, dejando afuera a Ademola James, nuestro compañero de Lagos, Nigeria, a quien por el color de su piel impedían el ingreso. Aún recuerdo la respuesta de un African-American a dos de los nuestros a quienes en Atlanta, en espontánea conversación callejera, había comentado que tenía prohibido entrar en el restaurante que se hallaba a sus espaldas.

-¿Usted lucha por entrar en ese lugar?

-Sí, lucho.

-Y cuando la desegregación racial sea realmente efectiva, ¿entraría?

-No.

-¿Y por qué lucha, entonces?

-Para que mis hijos no me pregunten por qué no puedo entrar.

Los hechos inolvidables ocurren un día como cualquier otro. El viernes 22 de noviembre de 1963, a la una y media de la tarde, cuando el otoño avanzado desflecaba las copas profusas de los árboles de St. Paul, me disponía a cruzar Summit Avenue, una arteria importante de la ciudad.

No había nadie a la vista. De pronto un automóvil que venía aceleradamente desde la izquierda por esa importante avenida se detuvo ante mí. El conductor, un desconocido, cruzó su cuerpo sobre el asiento enterizo de los autos de la época, bajó la ventanilla y en un grito desahogó con quien primero encontró la emoción que lo turbaba: “¡Han disparado contra el presidente!”. Siguió de largo sin esperar respuesta.

Habían disparado, sí, en Dallas, contra el presidente John Kennedy. Minutos después sabría por la voz de Walter Conkrite, el gran anchor de la televisión norteamericana, que Kennedy había sido asesinado.

¿Cómo no recordar con gratitud a la tierra en que transcurrió un tiempo maravilloso de nuestra juventud, un tiempo de sueños y esperanzas, entre tantos templos luteranos como no hemos visto en otras partes fuera de los países escandinavos?

¿Cómo no evocar con reciprocidad de sentimientos a los minnesotans en una hora difícil de prueba, inimaginable en otros días?

¿Cómo no volver la mirada en reconocimiento hacia la tierra hospitalaria en la que llegaron al mundo Francis Scott Fitzgerald, uno de los grandes novelistas del siglo XX, autor de El gran Gatsby, y uno de los dibujantes de cómics preferidos por mi generación, Charles Schulz, el creador de la feliz serie de Peanuts, que se publicó durante medio siglo en miles de publicaciones periodísticas del planeta?

Gracias, Minnesota.

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