Timothée Chalamet y la secuencia de sus declaraciones con Matthew McConaughey para CNN y la revista VarietyTimothée Chalamet y la secuencia de sus declaraciones con Matthew McConaughey para CNN y la revista Variety

¡Nada me desanima, Timothée!

2026/03/13 17:00
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De lo que parece imposible escapar esta semana es de la polémica creada por un actor famoso para quien, en su limitado pero arrogante mundo, la ópera y el ballet han muerto. Veamos esta noche, sin ir más lejos, lo que nos depara el Teatro Colón: una cartelera de localidades agotadas para El Lago de los Cisnes, el ballet de los gloriosos actos blancos. Este texto se suma a las millones de reacciones que despertó, en su campaña hacia el Oscar, la desafortunada frase “Keep it alive!” de Timothée Chalamet.

Hace ciento cincuenta años, en 1877, por encargo del Bolshoi, Tchaikovsky estrenaba sin éxito (a pesar de la belleza de sus melodías, del sentido del ritmo, del gusto por la danza y ese mundo de plumas y tutús), la primera de sus grandes creaciones para ballet. Sin éxito, subrayo, porque es importante el dato en la trayectoria de una obra paradigmática, una pieza que triunfó tiempo después de muerto su compositor. De modo que ¡cuidado con la historia, Timothée!, que el arte clásico no es lineal ni efímero como los hombres.

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La centuria y media que nos separa de 1877 es el gran trabajo de los artistas, los músicos, los bailarines, los coreógrafos y esos “catorce centavos de audiencia” que se le escaparon al actor, keeping alive la pasión, el amor y la constancia de la que, ya quisiera Chalamet, apenas un penique para su Marty Supreme. Pero, como no estaremos aquí para comparar fidelidades por los siglos de los siglos, volvamos al compositor y a su pasado en busca de respuesta.

Era 1877: la efervescencia en la composición y la necesidad de aislamiento, el drama de su matrimonio con Antonina Miliúkova unos meses después del estreno de El Lago de los Cisnes, y el primer contacto epistolar con quien sería su mecenas, dedicataria y salvadora a lo largo de trece años, la acaudalada Nadezhda von Meck, el ángel que realizaba su sueño de una relación platónica sostenida a la distancia en una amistad fecunda. Nadezhda, la viuda de un ingeniero devenido millonario por la construcción de decenas de miles de kilómetros de líneas de ferrocarril a Kiev y Moscú, que amaba la música de Tchaikovsky más que nada y se refugiaba en ella para escapar del aburrimiento y la soledad, le ofreció al genio romántico una generosa renta anual vitalicia con la sola condición de que jamás se conocieran. Y así sucedió. Nunca se encontraron personalmente, pero la extensa y fluida correspondencia que cultivaron durante más de una década (correspondencia por cuyo valor traigo a cuento su figura), constituye uno de los documentos más reveladores de la vida del músico, el testimonio de sus profundos debates interiores, iniciado precisamente junto a la leyenda de los cisnes. Allí, al reparo de la distancia y de un vínculo sin contacto físico, sin rozar siquiera el ordinario mundo real de carne y hueso que tanto le disgustaba, Tchaikovsky reflexionó, en cientos de páginas sublimes, sobre su existencia, sus pasiones, sus temores y —a propósito del tema que nos ocupa—, la supervivencia de su música. El Keep alive! del que se mofa Chalamet.

Tchaikovsky conoció una fama personal enorme, sí, pero no en igual medida el reconocimiento de sus contemporáneos a sus creaciones como un arte trascendente. Sin embargo y a pesar de la dificultad del camino, la emoción de sus melodías conquistó a una generación tras otra, a ese puñado del público denostado por el galán joven, que esta noche, como ayer y siempre, suspirará de amor por Sigfrido y Odette.

No ganó un Oscar con El Lago de los Cisnes (sí lo obtuvo Natalie Portman como Mejor Actriz en 2011 por su papel en el film El Cisne Negro). Pero, como le confesó Piotr Illich a su benefactora en una de sus cartas, con toda la fe del universo: “¡Nada me desanima, Nadezhda!”. Tomo esa carta y una moneda de los catorce centavos que representan la eternidad de su música, en respuesta: “¡Nada me desanima, Timothée! Mi tiempo vendrá. Después de mi muerte, mi tiempo vendrá”.

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